Casi finalizando nuestro viaje, creyendo que ya conocíamos a los bolivianos, nos la metieron otra vez. Porque si una cosa tienen, a parte de la cabeza grande, es que son mentirosos.
Lo que pretendía ser un viaje confortable, AC, asientos semicama, televisión con constantes películas, etc., terminó siendo un grito en el vacío del que resultó la siguiente patética história:
DIARIOS DE MOTOTAXI: Cruzando Paraguay
Eran ya entradas las 7 de la tarde, el sol ya había caído entre los viejos edificios de Santa Cruz, que recordaban una época mejor. En la terminal de buses solo quedaban ansiosos pasajeros para emprender la última salida de la jornada: Destino Paraguay.
Entre el bullício se palpaba ya una sudada larga espera y los últimos adioses se oían desde la puerta de la estación, mientras nosotras, sin nadie a quien despedir sino a nuestro ilustre pasado mejor, nos quedamos plantadas delante de lo que pretendía ser el móbil en el que íbamos a vivir unas largas 30h; o el móbil de una trajedia predeterminada.
Confusas y sin parpadear, mirábamos aquel montón de hojalata sin deseos de ver más allá de lo que se divisaba (Entre visillos, de Carmen Martín Gaite) detrás de las ventanas. Tras un momento de rábia y de desesperada búsqueda de alternativas para cambiar nuestro destino, tuvimos que admitir, no sin dolor, que nuestras vidas se habían torcido para siempre. Así, con escalofríos y rencor buscamos los putrefactos asientos 31 y 32.
Las animadas conversaciones de los pasajeros quedaron en un mero murmullo cuando se encendió el motor del mototaxi. Una turbulenta conducción nos alejaba de la terminal.
Entre sueños intermitentes, llegamos a la aduana boliviana a las 5.30h de la madrugada, sellando por última vez la salida del país. Seis horas más pasaron, entre áridos paisajes y abrasadora calor hasta la aduana paraguayana. Tierra moribunda y desierta, tierra de niños descalzos y ojos llorones, de almas ciegas y hombres enloquecidos, perdona a tus paisanos, no les culpes de tu infortuna. Amén.
Viaje de condiciones infrahumanas, como reses que van a ser sacrificadas, sin queja alguna por el miedo de la constate amenaza de que nos deleitaran con su cumbia, sufríamos en silencio, como se sufren las hemorroides.
Horas y más horas de paisaje monótomo, solo el ruido del motor nos recordaba que estábamos vivas.
Insufribles infumables fueron las últimas horas de viaje. A las 7 de la tarde, una vez más sin ver el sol, llegábamos a la deseperada Asunción. Pero a la trajedia aún le quedaban las últimas batallas. Porqué cuando los Dioses se enfurecen con uno, solo puedes admitir tu destino y sufrir sus castigos y hacer sacrificios en su honor para calmar su ira (batalla contra Cíclope, La Odisea, Homero).
Así pues, sacrificamos nuestra salud con 5 horas y media de espera incierta en la terminal, y una noche más de doloroso viaje hasta Ciudad del Este, la punta más oriental del país. Y para terminar de saciar su ira, llegamos aún de noche, con una fuerte lluvía y viento que empapaba nuestros mullidos cuerpos y enredaba nuestra frondosa (Long&Strong con puntas abiertas; Fructis de Garnier. PVP 3.75$) melena.
Así nuestros cuerpos yacían ya sin vida en la esquina de la terminal. Compadeciéndose los Dioses de las dos morta(delas), ofrecieron una oportunidad más para afrontar con bella ilusión el nuevo día que no conseguía levantar.
Desde entonces, se dice que pasean dos ánimas por la terminal que castigan a los bolivianos cada vez que mienten, agrandándoles la cabeza un poco más.
A quien se le ocurrió lo del: Guai del Paraguay? No tiene ninguna grácia!
Lo que pretendía ser un viaje confortable, AC, asientos semicama, televisión con constantes películas, etc., terminó siendo un grito en el vacío del que resultó la siguiente patética história:
DIARIOS DE MOTOTAXI: Cruzando Paraguay
Eran ya entradas las 7 de la tarde, el sol ya había caído entre los viejos edificios de Santa Cruz, que recordaban una época mejor. En la terminal de buses solo quedaban ansiosos pasajeros para emprender la última salida de la jornada: Destino Paraguay.
Entre el bullício se palpaba ya una sudada larga espera y los últimos adioses se oían desde la puerta de la estación, mientras nosotras, sin nadie a quien despedir sino a nuestro ilustre pasado mejor, nos quedamos plantadas delante de lo que pretendía ser el móbil en el que íbamos a vivir unas largas 30h; o el móbil de una trajedia predeterminada.
Confusas y sin parpadear, mirábamos aquel montón de hojalata sin deseos de ver más allá de lo que se divisaba (Entre visillos, de Carmen Martín Gaite) detrás de las ventanas. Tras un momento de rábia y de desesperada búsqueda de alternativas para cambiar nuestro destino, tuvimos que admitir, no sin dolor, que nuestras vidas se habían torcido para siempre. Así, con escalofríos y rencor buscamos los putrefactos asientos 31 y 32.
Las animadas conversaciones de los pasajeros quedaron en un mero murmullo cuando se encendió el motor del mototaxi. Una turbulenta conducción nos alejaba de la terminal.
Entre sueños intermitentes, llegamos a la aduana boliviana a las 5.30h de la madrugada, sellando por última vez la salida del país. Seis horas más pasaron, entre áridos paisajes y abrasadora calor hasta la aduana paraguayana. Tierra moribunda y desierta, tierra de niños descalzos y ojos llorones, de almas ciegas y hombres enloquecidos, perdona a tus paisanos, no les culpes de tu infortuna. Amén.
Viaje de condiciones infrahumanas, como reses que van a ser sacrificadas, sin queja alguna por el miedo de la constate amenaza de que nos deleitaran con su cumbia, sufríamos en silencio, como se sufren las hemorroides.
Horas y más horas de paisaje monótomo, solo el ruido del motor nos recordaba que estábamos vivas.
Insufribles infumables fueron las últimas horas de viaje. A las 7 de la tarde, una vez más sin ver el sol, llegábamos a la deseperada Asunción. Pero a la trajedia aún le quedaban las últimas batallas. Porqué cuando los Dioses se enfurecen con uno, solo puedes admitir tu destino y sufrir sus castigos y hacer sacrificios en su honor para calmar su ira (batalla contra Cíclope, La Odisea, Homero).
Así pues, sacrificamos nuestra salud con 5 horas y media de espera incierta en la terminal, y una noche más de doloroso viaje hasta Ciudad del Este, la punta más oriental del país. Y para terminar de saciar su ira, llegamos aún de noche, con una fuerte lluvía y viento que empapaba nuestros mullidos cuerpos y enredaba nuestra frondosa (Long&Strong con puntas abiertas; Fructis de Garnier. PVP 3.75$) melena.
Así nuestros cuerpos yacían ya sin vida en la esquina de la terminal. Compadeciéndose los Dioses de las dos morta(delas), ofrecieron una oportunidad más para afrontar con bella ilusión el nuevo día que no conseguía levantar.
Desde entonces, se dice que pasean dos ánimas por la terminal que castigan a los bolivianos cada vez que mienten, agrandándoles la cabeza un poco más.
A quien se le ocurrió lo del: Guai del Paraguay? No tiene ninguna grácia!




